xoves, 2 de agosto de 2012

Sindrome D Indignacion



Estamos detectando día a día nuevos casos de una enfermedad mental no catalogada, la podríamos denominar SINDROME D INDIGNACION. No hay lugar en el que no se manifieste, conversación que no derive hacia el tema, las redes sociales están peligrosamente contaminadas, cualquiera que lea un periódico o vea un noticiario está expuesto al peligro.

Contra esta grave dolencia los irresponsables políticos están haciendo lo que buenamente pueden para evitar su propagación: modificar las leyes que regulan la expresión de la indignación, reescribir derechos y libertades, tomar medidas expeditivas contra quiénes osan proclamar su indignación en público o a través de los medios de comunicación... reducir cuanto pueden los parlamentos autonómicos para evitar que se cuelen en ellos partidos o asociaciones indignadas, cambiar las programaciones de las televisiones públicas empleando una técnica eficaz como la reposición ad infinitum de documentales de posguerra (de aquella guerra mundial que al parecer ganaron los nazis).

Esta dolencia contagiosa amenaza con postrarnos durante mucho tiempo y dejarnos fuera del circuito de la existencia. Como casi siempre se nos recomienda ver los hechos como si siempre hubieran estado ahí, como algo "normal" o por lo menos como algo que "pasará pronto" si no hacemos demasiado caso...

Algunos insisten en llevar la INDIGNACION a las mismas puertas del Congreso y han dado ya una fecha: el 25 de septiembre (#25S) se trata de ocupar el Congreso de modo indefinido, rodearlo con una marea humana que impida seguir legislando contra natura... los que padecemos el síndrome de modo irreversible estamos ya soñando con el martes que nos liberará de ajena esclavitud y nos llevará a fraguar un futuro esperanzador.

Se imaginan ustedes lo que podría suceder si un buen día (el martes 25 de septiembre, por ejemplo) no nos levantáramos de la cama? Encendiéramos televisores y radios y, como en un sueño novelado por Saramago, se vieran multitudes avanzando pacíficamente en dirección a la carrera de San Jerónimo, sin prisas, sin miedo, sin ganas de ir más allá de la acera de enfrente: como en un gran domingo eterno paseando acera arriba y abajo, contemplando sin interés las puertas y ventanas que custodian los leones!

Y luciría el sol, y las gentes hablarían unas con otras de cualquier cosa que verdaderamente les interese (nada que ver con la prima de riesgo, ni con los rescates, ni con las mil y una patrañas que nos han contado sobre lo que es y lo que no es democracia)... Hablaríamos sobre el buen tiempo, de cómo pasar el día del mejor modo posible, de cómo conservar el planeta limpio y saludable, de cómo reducir o eliminar el ruído de los motores de explosión, de tantas y tantas cosas que podrían constituirnos como seres humanos libres de INDIGNACIÓN.

Pero este síndrome es ciclotímico, presenta momentos de liberadora lucidez y también hace aparecer los fantasmas de la desesperación y del miedo.  Algo que ya sabemos por la Historia de Roma cuando la superstición acerca de los dioses se nutría de la pompa de los actos públicos de un Estado fallido, escribe Polibio "Mi propia opinión al menos es que han seguido este camino en razón de la gente común. Es un curso que quizá no habría sido necesario si hubiera sido posible formar un Estado integrado por hombres sabios. Pero como toda multitud es voluble, cargada de deseos ilícitos, de pasiones irracionales y de iras violentas, tiene que ser contenida por terrores invisibles y fastos semejantes".

¿Dónde están esos hombres sabios? Evidentemente no nutren la nómina del Estado, salvo indirectamente vía Universidades y a veces ni siquiera allí los podemos encontrar.

Y sin embargo quiero creer que LA MULTITUD hoy no es tan voluble como nos quieren hacer creer quiénes mantienen a los dioses del Estado sacrificándoles díariamente millones de seres humanos, esa multitud que somos todos hoy es consciente de lo que nos estamos jugando si no frenamos la sangría. Pero el síndrome todavía nos impide ver con claridad...

Creo que sabemos que es más rentable emplear el transporte público o la bicicleta que invertir grandes cantidades de dinero en vehículos contaminantes cuyo mantenimiento resulta más costoso que las ventajas que ofrecen (gasolina por las nubes, peajes imposibles, masificación en los lugares de destino...) somos conscientes pero todavía no nos lo acabamos de creer.

Necesitamos seguir "creyendo" en supersticiones: colgados en los programas de debate televisivos nos vamos a la cama con la cabeza confusa y creemos tener hoy una solución y mañana la contaria, hablamos como si tuvieramos el remedio y al instante nos damos cuenta que seguimos soñando despiertos mientras esos que llamamos "mercados" dictan las normas a seguir!

¿Cuántas viviendas cerradas a cal y canto? ¿Cuántas empresas familiares a punto de cerrar? ¿Cuántos servicios no prestados por falta de financiación o conocimientos para ponerlos en práctica? ¿Cuánto valor patrimonial en nuestros bosques y ríos olvidados en las manos de multinacionales que asesinan la vida? ¿Cuánto servidor público convertido en privilegiado a la sombra del poder? ¿Cuántas sentencias justas pendientes de ejecución por vicios en el procedimiento?

¿Hemos construído un ESTADO para que sea nuestra prisión? 

Creo firmemente que está llegando el día en que levantemos todas las barreras: el controlador de autopistas, el policía que presta servicio en La Moncloa, el vigilante que guarda la finca de propietarios invisibles siempre ausentes, el inspector de Hacienda que sabe más de corrupción que cualquier fiscal, el profesor de universidad que se niega a seguir clasificando las ovejas del rebaño del Estado, la madre que educa a sus hijos para que vivan felices respetando la vida ajena, el arrendador que sabe de las dificultades de su arrendatario para llegar a fin de mes, el pequeño comerciante que puede levantar la barrera de su porcentaje hasta convertirse en figura indispensable para el barrio, los arquitectos que diseñarán casas para vivir con alegría... levantaremos las barreras de la indiferencia y preguntaremos con sinceridad: ¿necesitas algo?

Los defensores del Estado siempre nos han engañado: constituyéndose en "indispensables" para mantenernos en la prisión de nuestros miedos y predicar paraísos futuros e inalcanzables. Ese Estado jamás llegó a nosotros y sabemos que jamás llegará!

Cuando estamos a punto de tocarlo con los dedos la quimera se desvanece y aparece en su lugar la Hidra de Siete Cabezas, el infierno en la tierra, la división y la guerra.  ¿Es eso lo que queremos?

Convencido de que nadie cree ya en Estados salvíficos y menos en salvapatrias especialistas en dictar las normas que ellos jamás estuvieron dispuestos a cumplir. No hubieramos llegado jamás hasta aquí sin la colaboración inestimable de quiénes hicieron del Estado su refugio y su bandera! 

No permitamos que nos engañen una vez más. No más listas electorales para vivir de un Estado que no iguala más que a los que se nutren de él. Una generación de mentirosos está a punto de tocar fondo, dejémoslos que se hundan definitivamente. Nos han estafado una y mil veces, nos han enfrentado para lograr sus misérrimos objetivos: formar parte del problema y jamás de la soluciones! ¿Para qué los queremos?.

El único remedio que tenemos contra el Síndrome d Indignación es levantar nuestras barreras!

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